25 de mayo, 2007
Los costarricenses somos liberales
No es extraño que muchas personas confundan “liberalismo” con “neoliberalismo”, creyendo que ambas son diferentes caras de la misma moneda. Nada más equivocado. El “neoliberalismo” está asociado a un conjunto de políticas públicas que dominan el escenario latinoamericano a partir de los años ochentas, cuya principal característica es su “mercantilización, es decir, su promoción y aplicación para favorecer a unos u otros sectores, en detrimento de los demás.
El liberalismo, por el contrario, es una filosofía cuya preocupación principal es “la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo” En 1859, John Stuart Mill, inglés, publicó la obra “Sobre la Libertad”, cuyo propósito principal fue “proclamar un principio muy sencillo encaminado a regir de modo absoluto la conducta de la sociedad en relación con el individuo”.
Ese principio es el siguiente: “El único objeto que autoriza a los hombres, individual o colectivamente, a turbar la libertad de acción de cualquiera de sus semejantes, es la propia defensa; la única razón legítima para usar de la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirle perjudicar a otros; pero el bien de este individuo sea físico, sea moral, no es razón suficiente”. Otras formas de plantearlo son las siguientes: “Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano”. “Cada cual es el mejor guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual” “La especie humana ganará más en dejar a cada que viva como le guste más, que no obligarle a vivir como guste al resto de sus semejantes”
Resulta evidente que cualquier acción de una persona puede llegar a perjudicar a otra. Por esa razón, en términos prácticos, el problema siempre reside en determinar cuando es necesario aceptar restricciones a la esfera individual en beneficio de la colectividad, lo que quiere decir que el debate entre individuo y sociedad es permanente pero cambiante.
Aún así, señala Stuart Mil, existe un conjunto de conductas que no afectan más que al propio individuo: la libertad de conciencia, la libertad de pensar y de sentir, la libertad de opiniones y de sentimientos, la libertad de expresar y publicar las opiniones, la libertad de gustos y de inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida siguiendo nuestro modo de ser y la libertad de asociarnos.
“No se puede llamar libre a una sociedad, cualquiera que sea la forma de gobierno, si éstas libertades no son respetadas, y ninguna será completamente libre si estas libertades no existen en ella de una manera absoluta y sin reservas. La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros o frenar sus esfuerzos para obtenerla…”
Gracias a la influencia liberal, la historia constitucional de nuestro país ha garantizado tales libertades desde fines del siglo XIX, por lo que a ningún costarricense le son extrañas, a pesar de las tentaciones autoritarias que resurgen periódicamente. En lo personal, cada vez que escucho el argumento de la necesidad de una Constituyente, tiendo a manifestarme en contra, dado el peligro que a alguien o a varios, que podrían ser mayoría, se les ocurra que es necesario eliminar, reformar o modernizar tales principios.
La vigencia del liberalismo, al menos en Costa Rica, no proviene de coyuntura alguna sino de nuestra propia historia, nuestras propias decisiones, nuestros errores y aciertos acumulados. Es por esa razón que podemos afirmar que los costarricenses somos liberales de inicio a fin, aunque no lo sepamos y sin que, necesariamente, hagamos uso responsable de sus principios.
Los liberales somos rebeldes
Uno de los prejuicios más extendidos sobre los liberales es nuestra supuesta asociación con lo establecido, cual si fuéramos alguna especie de conservadores de viejo o nuevo cuño. Nada más falso, dado que nuestro punto de partida, la libertad individual, por definición, nos lo impide, convirtiéndonos en fervientes amantes de la rebeldía. Una de las formas más hermosas de plantearlo se encuentra en el Capítulo III, de la obra de Stuart Mill, “Sobre la Libertad”, titulado “De la Individualidad como uno de los elementos del bienestar”.
Es curioso que casi todas las personas admitan la tesis de la libertad de conciencia y expresión, pero sean más precavidas para aceptar esa misma libertad en la conducta propia y de sus semejantes; algo así como aceptar el desarrollo de la inteligencia y el raciocinio pero frenar los deseos y los impulsos de cada quien, obviando que “un ser humano que no tenga ni deseos ni impulsos no posee más carácter que una máquina de vapor”.
Pero de la misma manera que es útil la diversidad de opiniones y expresiones también resulta conveniente “que se abra campo al desarrollo de la diversidad de carácter…siempre que no suponga daño a los demás”. En otras palabras, “es deseable que, en los asuntos que no conciernen primariamente a los demás, sea afirmada la individualidad. Donde la regla de conducta no sea el carácter personal, sino las tradiciones o las costumbres de otros, allí faltará completamente uno de los principales ingredientes del bienestar humano y el ingrediente más importante, sin duda, del progreso individual y social”
Algunas personas tienen temor que los deseos y los impulsos de las personas se expresen libremente, porque consideran que producirán anarquía, malos ejemplos o sinónimos similares. Olvidan, quienes asumen tal conservadurismo, que las “mismas fuertes susceptibilidades que hacen vivos y poderosos los impulsos personales son también la fuente del más apasionado amor de la virtud, del más estricto dominio de uno mismo. Cultivándolas, la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses; no lo cumple cuando desecha la madera con que se hacen los héroes”.
Los liberales somos rebeldes porque entendemos que no hay razón alguna para paralizarse por lo establecido, la costumbre o el “que dirán”. Somos rebeldes porque confiamos plenamente en el ejercicio de todas las facultades individuales que inevitablemente romperán con los esquemas preestablecidos, las ideas petrificadas, los aparentes límites, las costumbres, buenas o malas. De hecho, el único término posible lo dicta las propias capacidades de cada quien y la sociedad está obligada a favorecerlas, si desea continuar por la senda de su desarrollo, sin que conozca el peligro de su desaparición o, simplemente, su desaparición.
“El hombre que permita al mundo, o al menos a su mundo, elegir por él su plan de vida, no tiene más necesidad que de la facultad de imitación de los simios. Pero aquel que lo escoge por sí mismo pone en juego todas sus facultades. Debe emplear la observación para ver, el raciocinio y el juicio para prever, la actividad para reunir los elementos de la decisión, el discernimiento para decidir, y, una vez que haya decidido, la firmeza y el dominio de sí mismo para mantenerse en su ya deliberada decisión. Y cuanto mayor sea la porción de su conducta que determina según sus sentimientos y su juicio propios, tanto más necesarias le serán estas diversas cualidades”
En síntesis, la “individualidad es la misma cosa que desenvolvimiento y solamente el cultivo de la individualidad produce o puede producir seres humanos bien desarrollados”, es decir, rebeldes para siempre.
No es extraño que muchas personas confundan “liberalismo” con “neoliberalismo”, creyendo que ambas son diferentes caras de la misma moneda. Nada más equivocado. El “neoliberalismo” está asociado a un conjunto de políticas públicas que dominan el escenario latinoamericano a partir de los años ochentas, cuya principal característica es su “mercantilización, es decir, su promoción y aplicación para favorecer a unos u otros sectores, en detrimento de los demás.
El liberalismo, por el contrario, es una filosofía cuya preocupación principal es “la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo” En 1859, John Stuart Mill, inglés, publicó la obra “Sobre la Libertad”, cuyo propósito principal fue “proclamar un principio muy sencillo encaminado a regir de modo absoluto la conducta de la sociedad en relación con el individuo”.
Ese principio es el siguiente: “El único objeto que autoriza a los hombres, individual o colectivamente, a turbar la libertad de acción de cualquiera de sus semejantes, es la propia defensa; la única razón legítima para usar de la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirle perjudicar a otros; pero el bien de este individuo sea físico, sea moral, no es razón suficiente”. Otras formas de plantearlo son las siguientes: “Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano”. “Cada cual es el mejor guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual” “La especie humana ganará más en dejar a cada que viva como le guste más, que no obligarle a vivir como guste al resto de sus semejantes”
Resulta evidente que cualquier acción de una persona puede llegar a perjudicar a otra. Por esa razón, en términos prácticos, el problema siempre reside en determinar cuando es necesario aceptar restricciones a la esfera individual en beneficio de la colectividad, lo que quiere decir que el debate entre individuo y sociedad es permanente pero cambiante.
Aún así, señala Stuart Mil, existe un conjunto de conductas que no afectan más que al propio individuo: la libertad de conciencia, la libertad de pensar y de sentir, la libertad de opiniones y de sentimientos, la libertad de expresar y publicar las opiniones, la libertad de gustos y de inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida siguiendo nuestro modo de ser y la libertad de asociarnos.
“No se puede llamar libre a una sociedad, cualquiera que sea la forma de gobierno, si éstas libertades no son respetadas, y ninguna será completamente libre si estas libertades no existen en ella de una manera absoluta y sin reservas. La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros o frenar sus esfuerzos para obtenerla…”
Gracias a la influencia liberal, la historia constitucional de nuestro país ha garantizado tales libertades desde fines del siglo XIX, por lo que a ningún costarricense le son extrañas, a pesar de las tentaciones autoritarias que resurgen periódicamente. En lo personal, cada vez que escucho el argumento de la necesidad de una Constituyente, tiendo a manifestarme en contra, dado el peligro que a alguien o a varios, que podrían ser mayoría, se les ocurra que es necesario eliminar, reformar o modernizar tales principios.
La vigencia del liberalismo, al menos en Costa Rica, no proviene de coyuntura alguna sino de nuestra propia historia, nuestras propias decisiones, nuestros errores y aciertos acumulados. Es por esa razón que podemos afirmar que los costarricenses somos liberales de inicio a fin, aunque no lo sepamos y sin que, necesariamente, hagamos uso responsable de sus principios.
Los liberales somos rebeldes
Uno de los prejuicios más extendidos sobre los liberales es nuestra supuesta asociación con lo establecido, cual si fuéramos alguna especie de conservadores de viejo o nuevo cuño. Nada más falso, dado que nuestro punto de partida, la libertad individual, por definición, nos lo impide, convirtiéndonos en fervientes amantes de la rebeldía. Una de las formas más hermosas de plantearlo se encuentra en el Capítulo III, de la obra de Stuart Mill, “Sobre la Libertad”, titulado “De la Individualidad como uno de los elementos del bienestar”.
Es curioso que casi todas las personas admitan la tesis de la libertad de conciencia y expresión, pero sean más precavidas para aceptar esa misma libertad en la conducta propia y de sus semejantes; algo así como aceptar el desarrollo de la inteligencia y el raciocinio pero frenar los deseos y los impulsos de cada quien, obviando que “un ser humano que no tenga ni deseos ni impulsos no posee más carácter que una máquina de vapor”.
Pero de la misma manera que es útil la diversidad de opiniones y expresiones también resulta conveniente “que se abra campo al desarrollo de la diversidad de carácter…siempre que no suponga daño a los demás”. En otras palabras, “es deseable que, en los asuntos que no conciernen primariamente a los demás, sea afirmada la individualidad. Donde la regla de conducta no sea el carácter personal, sino las tradiciones o las costumbres de otros, allí faltará completamente uno de los principales ingredientes del bienestar humano y el ingrediente más importante, sin duda, del progreso individual y social”
Algunas personas tienen temor que los deseos y los impulsos de las personas se expresen libremente, porque consideran que producirán anarquía, malos ejemplos o sinónimos similares. Olvidan, quienes asumen tal conservadurismo, que las “mismas fuertes susceptibilidades que hacen vivos y poderosos los impulsos personales son también la fuente del más apasionado amor de la virtud, del más estricto dominio de uno mismo. Cultivándolas, la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses; no lo cumple cuando desecha la madera con que se hacen los héroes”.
Los liberales somos rebeldes porque entendemos que no hay razón alguna para paralizarse por lo establecido, la costumbre o el “que dirán”. Somos rebeldes porque confiamos plenamente en el ejercicio de todas las facultades individuales que inevitablemente romperán con los esquemas preestablecidos, las ideas petrificadas, los aparentes límites, las costumbres, buenas o malas. De hecho, el único término posible lo dicta las propias capacidades de cada quien y la sociedad está obligada a favorecerlas, si desea continuar por la senda de su desarrollo, sin que conozca el peligro de su desaparición o, simplemente, su desaparición.
“El hombre que permita al mundo, o al menos a su mundo, elegir por él su plan de vida, no tiene más necesidad que de la facultad de imitación de los simios. Pero aquel que lo escoge por sí mismo pone en juego todas sus facultades. Debe emplear la observación para ver, el raciocinio y el juicio para prever, la actividad para reunir los elementos de la decisión, el discernimiento para decidir, y, una vez que haya decidido, la firmeza y el dominio de sí mismo para mantenerse en su ya deliberada decisión. Y cuanto mayor sea la porción de su conducta que determina según sus sentimientos y su juicio propios, tanto más necesarias le serán estas diversas cualidades”
En síntesis, la “individualidad es la misma cosa que desenvolvimiento y solamente el cultivo de la individualidad produce o puede producir seres humanos bien desarrollados”, es decir, rebeldes para siempre.
Afortunadamente, la mayoría de los costarricenses somos liberales y me parece que una de las características esenciales del liberalismo es que es reformista. Quizás por eso se piensa, yo diría con cierta ligereza que los liberales tendemos a privilegiar el statu quo, “lo establecido”. En realidad lo que sucede es que tendemos a alejarnos de la utopía, tenemos los pies muy bien puestos en el suelo. Reconocemos que las sociedades progresan, cambian, sufren modificaciones, pero éstas últimas no deben ser el producto de reacciones o rebeliones, sino más bien el producto de grandes pactos. La idea de estos pactos no nace en la colectividad, nace como apunta el filósofo español Ortega y Gasset, en mentes selectas, individuos críticos y sobre todo libres, cuyo pensamiento es capas de orientar a las masas. Yo creo en la colectividad, pero en la que se funda a partir de la libertad del individuo. Gonzalo Rodríguez M.
ResponderEliminarWalter lo felicito. Que alegría da leer sus reflexiones y disfrutar de su esfuerzo para elaborarlas y comunicarlas.Queda claro de su dicho que la mayor preocupación de los liberales es la promoción y defensa de los derechos fundamentales, campor en el cual el debido proceso es fundamental. Un abrazo. Miguel Angel Rodríguez
Este documento muy valioso que me envió, hay que mandárselo a Chaves (Venezuela) y a Fidel Castro, para que no se metan en los asuntos de nosotros, que lo considero un irrespeto, con respecto a lo del TLC, si no aprobamos o no es asunto de nosotros, ellos no tienen que interferir, son irrespetuosos e irresponsables, las declaraciones que Fidel dio sobre un posible fraude, se pasó de la raya, no Saludos Patricia.
Estimado Walter: Aunque las fuentes del liberalismo y neoliberalismo son distintas se encuentran. El liberalismo como expones se enmarca en una doctrina política mientras que el neoliberalismo es una corriente de pensamiento económico basada en la libertad de los mercados y en el reducir el tamaña del estado unque existan fuerzas muy desiguales en la sociedad. Por ello es muy común ver cómo los llamados "liberales" apoyan muchas o la mayoría de las medidas neoliberales.Un saludo
Helio Fallas
Don Walter, me encanta la manera en que usted escribe y me deja claros muchos conceptos que me ubican claramente en mi pensamiento político, yo siempre creí ser socialcristiano y hay mucho de esa doctrina que me apasiona pero el conocer la doctrina liberal o mejor dicho irla conociendo sin miedos ni creencias cegantes que nos han hecho verla como la peor de todas las doctrinas políticas me ha identificado con mi parte liberal y mi perspectiva del individualismo criticado por todoas las doctrinas politicas ha sido modificado, muchas gracias!Jorge Eduardo Cartín
Estimado Walter, Gracias por el correo, excelentes comentarios. Solo una observación, el concepto de neoliberalismo tiene distintos significados y orígenes, este aspecto es muy bien abordado en el ensayo “El mito del neoliberalismo”, de Enrique Ghersi, tal vez a lo que usted se quería referir está relacionado con lo escrito por Ghersi: “En el caso del “neoliberalismo”, lo que sucede es que se quiere asimilar con el liberalismo algunas políticas o ideas en particular que aisladamente podrían ser compatibles con él, pero también con cualquier otra cosa, sugiriendo una identidad inexistente. Se trataría entonces de lo que en teoría se denomina una sinécdoque particularizante: se quiere presentar partes del liberalismo como si fuera el todo.” Solo para recordar a Friedman en alusión a Sobre la Libertad: ‘La declaración más concisa y clara del principio liberal fundamental, “el único propósito por el cual el poder puede ejercitarse correctamente sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es para prevenir el daño a los demás...” Melvin Garita
Felicitaciones. Excelente análisis sobre el liberalismo. Me he dedicado, desde 1986, a estudiar documentos originales de la Costa Rica que se va a crear con el primer Congreso Constituyente de 1824. Coincido en que a lo largo de toda nuestra historia hemos sido liberales, no autocráticos ni dictatoriales. Prueba de ello es que en los momentos que se ha presentado esa coyuntura levantamos nuevamente la bandera de la libertad. Marina Volio
ResponderEliminarCompañero, este es un excelente artículo, te felicito. José Abel Bonilla