domingo, 1 de julio de 2007

Apuntes Liberales

25 de mayo, 2007

Los costarricenses somos liberales

No es extraño que muchas personas confundan “liberalismo” con “neoliberalismo”, creyendo que ambas son diferentes caras de la misma moneda. Nada más equivocado. El “neoliberalismo” está asociado a un conjunto de políticas públicas que dominan el escenario latinoamericano a partir de los años ochentas, cuya principal característica es su “mercantilización, es decir, su promoción y aplicación para favorecer a unos u otros sectores, en detrimento de los demás.

El liberalismo, por el contrario, es una filosofía cuya preocupación principal es “la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo” En 1859, John Stuart Mill, inglés, publicó la obra “Sobre la Libertad”, cuyo propósito principal fue “proclamar un principio muy sencillo encaminado a regir de modo absoluto la conducta de la sociedad en relación con el individuo”.

Ese principio es el siguiente: “El único objeto que autoriza a los hombres, individual o colectivamente, a turbar la libertad de acción de cualquiera de sus semejantes, es la propia defensa; la única razón legítima para usar de la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirle perjudicar a otros; pero el bien de este individuo sea físico, sea moral, no es razón suficiente”. Otras formas de plantearlo son las siguientes: “Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano”. “Cada cual es el mejor guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual” “La especie humana ganará más en dejar a cada que viva como le guste más, que no obligarle a vivir como guste al resto de sus semejantes”

Resulta evidente que cualquier acción de una persona puede llegar a perjudicar a otra. Por esa razón, en términos prácticos, el problema siempre reside en determinar cuando es necesario aceptar restricciones a la esfera individual en beneficio de la colectividad, lo que quiere decir que el debate entre individuo y sociedad es permanente pero cambiante.

Aún así, señala Stuart Mil, existe un conjunto de conductas que no afectan más que al propio individuo: la libertad de conciencia, la libertad de pensar y de sentir, la libertad de opiniones y de sentimientos, la libertad de expresar y publicar las opiniones, la libertad de gustos y de inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida siguiendo nuestro modo de ser y la libertad de asociarnos.

“No se puede llamar libre a una sociedad, cualquiera que sea la forma de gobierno, si éstas libertades no son respetadas, y ninguna será completamente libre si estas libertades no existen en ella de una manera absoluta y sin reservas. La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros o frenar sus esfuerzos para obtenerla…”

Gracias a la influencia liberal, la historia constitucional de nuestro país ha garantizado tales libertades desde fines del siglo XIX, por lo que a ningún costarricense le son extrañas, a pesar de las tentaciones autoritarias que resurgen periódicamente. En lo personal, cada vez que escucho el argumento de la necesidad de una Constituyente, tiendo a manifestarme en contra, dado el peligro que a alguien o a varios, que podrían ser mayoría, se les ocurra que es necesario eliminar, reformar o modernizar tales principios.

La vigencia del liberalismo, al menos en Costa Rica, no proviene de coyuntura alguna sino de nuestra propia historia, nuestras propias decisiones, nuestros errores y aciertos acumulados. Es por esa razón que podemos afirmar que los costarricenses somos liberales de inicio a fin, aunque no lo sepamos y sin que, necesariamente, hagamos uso responsable de sus principios.

Los liberales somos rebeldes

Uno de los prejuicios más extendidos sobre los liberales es nuestra supuesta asociación con lo establecido, cual si fuéramos alguna especie de conservadores de viejo o nuevo cuño. Nada más falso, dado que nuestro punto de partida, la libertad individual, por definición, nos lo impide, convirtiéndonos en fervientes amantes de la rebeldía. Una de las formas más hermosas de plantearlo se encuentra en el Capítulo III, de la obra de Stuart Mill, “Sobre la Libertad”, titulado “De la Individualidad como uno de los elementos del bienestar”.

Es curioso que casi todas las personas admitan la tesis de la libertad de conciencia y expresión, pero sean más precavidas para aceptar esa misma libertad en la conducta propia y de sus semejantes; algo así como aceptar el desarrollo de la inteligencia y el raciocinio pero frenar los deseos y los impulsos de cada quien, obviando que “un ser humano que no tenga ni deseos ni impulsos no posee más carácter que una máquina de vapor”.

Pero de la misma manera que es útil la diversidad de opiniones y expresiones también resulta conveniente “que se abra campo al desarrollo de la diversidad de carácter…siempre que no suponga daño a los demás”. En otras palabras, “es deseable que, en los asuntos que no conciernen primariamente a los demás, sea afirmada la individualidad. Donde la regla de conducta no sea el carácter personal, sino las tradiciones o las costumbres de otros, allí faltará completamente uno de los principales ingredientes del bienestar humano y el ingrediente más importante, sin duda, del progreso individual y social”

Algunas personas tienen temor que los deseos y los impulsos de las personas se expresen libremente, porque consideran que producirán anarquía, malos ejemplos o sinónimos similares. Olvidan, quienes asumen tal conservadurismo, que las “mismas fuertes susceptibilidades que hacen vivos y poderosos los impulsos personales son también la fuente del más apasionado amor de la virtud, del más estricto dominio de uno mismo. Cultivándolas, la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses; no lo cumple cuando desecha la madera con que se hacen los héroes”.

Los liberales somos rebeldes porque entendemos que no hay razón alguna para paralizarse por lo establecido, la costumbre o el “que dirán”. Somos rebeldes porque confiamos plenamente en el ejercicio de todas las facultades individuales que inevitablemente romperán con los esquemas preestablecidos, las ideas petrificadas, los aparentes límites, las costumbres, buenas o malas. De hecho, el único término posible lo dicta las propias capacidades de cada quien y la sociedad está obligada a favorecerlas, si desea continuar por la senda de su desarrollo, sin que conozca el peligro de su desaparición o, simplemente, su desaparición.

“El hombre que permita al mundo, o al menos a su mundo, elegir por él su plan de vida, no tiene más necesidad que de la facultad de imitación de los simios. Pero aquel que lo escoge por sí mismo pone en juego todas sus facultades. Debe emplear la observación para ver, el raciocinio y el juicio para prever, la actividad para reunir los elementos de la decisión, el discernimiento para decidir, y, una vez que haya decidido, la firmeza y el dominio de sí mismo para mantenerse en su ya deliberada decisión. Y cuanto mayor sea la porción de su conducta que determina según sus sentimientos y su juicio propios, tanto más necesarias le serán estas diversas cualidades”

En síntesis, la “individualidad es la misma cosa que desenvolvimiento y solamente el cultivo de la individualidad produce o puede producir seres humanos bien desarrollados”, es decir, rebeldes para siempre.

Matices sobre los apuntes liberales

3 de junio, 2007

A propósito de la columna anterior, "Apuntes Liberales", recibí correos-e de personas que me hicieron observaciones críticas y comentarios de apoyo. Don Jorge Eduardo Cartín escribió: "...yo siempre creí ser socialcristiano y hay mucho de esa doctrina que me apasiona pero el conocer la doctrina liberal o mejor dicho irla conociendo sin miedos ni creencias cegantes que nos han hecho verla como la peor de todas las doctrinas políticas me ha identificado con mi parte liberal y mi perspectiva del individualismo criticado por todoas las doctrinas politicas ha sido modificado!..."

Don Gonzalo Rodríguez: "Afortunadamente, la mayoría de los costarricenses somos liberales y me parece que una de las características esenciales del liberalismo es que es reformista. Quizás por eso se piensa, yo diría con cierta ligereza que los liberales tendemos a privilegiar el statu quo, “lo establecido”. En realidad lo que sucede es que tendemos a alejarnos de la utopía, tenemos los pies muy bien puestos en el suelo. Reconocemos que las sociedades progresan, cambian, sufren modificaciones, pero éstas últimas no deben ser el producto de reacciones o rebeliones, sino más bien el producto de grandes pactos. La idea de estos pactos no nace en la colectividad, nace como apunta el filósofo español Ortega y Gasset, 'en mentes selectas, individuos críticos y sobre todo libres, cuyo pensamiento es capas de orientar a las masas. Yo creo en la colectividad, pero en la que se funda a partir de la libertad del individuo".

Doña Marina Volio: "Me he dedicado, desde 1986, a estudiar documentos originales de la Costa Rica que se va a crear con el primer Congreso Constituyente de 1824. Coincido en que a lo largo de toda nuestra historia hemos sido liberales, no autocráticos ni dictatoriales. Prueba de ello es que en los momentos que se ha presentado esa coyuntura levantamos nuevamente la bandera de la libertad"

Tal como lo señala don Jorge, el liberalismo está rodeado de prejuiciosos miedos o "creencias cegantes" que impiden el debate racional sobre sus principales tesis.. Por ese motivo, uno de los compromisos más fuertes de todo liberal es abordar y fomentar las conversaciones y diálogos de forma racional, que no garantiza posterior coincidencia o discrepancia con nuestro interlocutor, pero sí inteligencia, seriedad, consecuencia, transparencia, claridad y precisión, valores importantes en todo liberal. Ahora bien, al menos en nuestro entorno cultural -tan dado al "nadadito de perro" y al "ton ni son", ese estilo puede parecer, a veces, "duro" o "intransigente", dependiendo de las personas y los contextos. Pero de una u otra manera, a pesar de los prejuicios de otros y las características propias, los liberales nos esforzamos por permanecer en aquellos valores y, de esa manera, fortalecer el debate de ideas, no de prejuicios, en una sociedad como la nuestra que, a pesar de su propia historia, hoy privilegia las falacias de todo tipo.

Un ejemplo puede servir. Como se sabe, los libertarios siempre fuímos críticos de las distintas versiones de los proyectos, de la hoy Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres, entre otros motivos, argumentando que es inaceptable que si un esposo mata a su esposa, reciba una pena mayor que si una esposa mata a su esposo, generando una desigualdad que, para nosotros, por principio, es inaceptable ¿Eso quiere decir que los liberales no conocemos del problema de la violencia contra la mujer o no entendemos la necesidad de atenderlo? No. Lo único que quiere decir es que sostenemos que un problema de género, en lo fundamental, es un problema cultural y que crear diferencias, derivadas del sexo de las personas, para atender un problema cultural, es reduccionista y culmina, necesariamente, en una desigualdad, es decir, paradójicamente, reproduciendo la desigualdad en el intento por corregirla. Sostener esa posición, en medio de un discurso falsamente emotivo, calculador y politiquero, en efecto, puede parecer, a unas personas, duro e intransigente pero, como ya mencionamos, ése, es otro tipo de problema.

Durante las diversas legislaturas que esa inciativa estuvo en la Asamblea Legislativa, los diputados libertarios siempre plantearon alternativas para favorecer otro tipo de solución. En el último episodio, en mayo pasado, cuando finalmente llegó a votarse el último texto, los diputados libertarios lo único que solicitaron, al resto de partidos políticos y al propio Gobierno, fue su apoyo para consultarlo, previamente, a la Sala Constitucional. No fue posible. De esa manera, finalmente, la racionalidad dió paso definitivo a los discursos vehementes, dramáticos y de compromiso, sin importar seriedad o consecuencia. Por supuesto que el liberalismo es afectado por los prejuicios, pero nunca renunciaremos a nuestros principios para "acomodarnos" a las circunstancias. Al contrario, seremos fieles a ellos porque de esa manera, además, ejemplo mediante, entendemos que también colaboramos para renovar la cultura política costarricense, un propósito que todos, no solo nosotros, debiéramos asumir.

Sobre la diferenciación entre liberalismo y neoliberalismo, recibí dos correos. El primero, de don Melvin Garita: "...Solo una observación, el concepto de neoliberalismo tiene distintos significados y orígenes, este aspecto es muy bien abordado en el ensayo “El mito del neoliberalismo”, de Enrique Ghersi, tal vez a lo que usted se quería referir está relacionado con lo escrito por Ghersi: “En el caso del “neoliberalismo”, lo que sucede es que se quiere asimilar con el liberalismo algunas políticas o ideas en particular que aisladamente podrían ser compatibles con él, pero también con cualquier otra cosa, sugiriendo una identidad inexistente. Se trataría entonces de lo que en teoría se denomina una sinécdoque particularizante: se quiere presentar partes del liberalismo como si fuera el todo.”. Solo para recordar a Friedman en alusión a Sobre la Libertad: ‘La declaración más concisa y clara del principio liberal fundamental, “el único propósito por el cual el poder puede ejercitarse correctamente sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es para prevenir el daño a los demás...” ‘

El segundo correo, de don Helio Fallas: "Aunque las fuentes del liberalismo y neoliberalismo son distintas se encuentran. El liberalismo como expones se enmarca en una doctrina política mientras que el neoliberalismo es una corriente de pensamiento económico basada en la libertad de los mercados y en el reducir el tamaña del estado aunque existan fuerzas muy desiguales en la sociedad. Por ello es muy común ver cómo los llamados "liberales" apoyan muchas o la mayoría de las medidas neoliberales".

Admitamos que, con relación al mercado, el liberalismo, como política económica, apoya y favorece su libertad y la reducción del papel del aparato estatal. Pero eso no implica que la política económica liberal coincida con el "neoliberalismo". Al contrario, los liberales somos hipercríticos de la forma que, durante los años ochentas, noventas y hoy, se impulsaron e impulsan políticas, en apariencia, favorables al libre mercado y reducción estatal, pero que no son más que variaciones del acostumbrado proteccionismo histórico.

Por ejemplo, permanentemente denunciamos el doble discurso de los distintos gobiernos que hablan en defensa del libre comercio pero que, sin rubor alguno, defienden monopolios internos privados, usualmente relacionados con pocos nombres y apellidos, como el azúcar y arroz. Causa molestia escuchar argumentos que defienden esos monopolios, en términos de protección al productor nacional contra la salvaje competencia internacional, cuando es conocido que los únicos favorecidos son esos pocos, en prejuicio de todos los consumidores. Dado que reconocemos que los principios de igualdad en el mercado abierto no están asegurados entre los que ofrecen y compran, enfatizamos la importancia y defensa del consumidor, siendo éste uno de los ejes que, necesariamente, también forma parte de una política económica liberal. En la defensa del consumidor es probable que coincidamos con otras fuerzas pero, a diferencia de la experiencia acumulada desde que se aprobó, en nuestro país, la normativa de libre competencia y defensa efectiva del consumidor, la política económica de un gobierno liberal incluiría pasos efectivos, rápidos y decisivos que tiendan a empoderar al consumidor y sus organizaciones, diferenciándose de la burocratización en que ha terminado la defensa del consumidor, bajo el ejercicio de gobiernos neoliberales.

Podría afirmarse que, a pesar de la defensa del consumidor que hacen los liberales, su política económica y la del neoliberalismo siempre se encuentran, puesto que ambos favorecen el libre comercio y la disminución estatal "aunque existan fuerzas muy desiguales en la sociedad". Es falso que el neoliberalismo farorezca la disminución del aparato estatal. Al contrario, al revisarse el detalle de las políticas promovidas por los partidos tradicionales, los recursos públicos disponibles y los resultados obtenidos, la política eeconómica neoliberal no ha disminuido el aparato estatal, en muchos casos ha incrementado el gasto y ha sido poco eficiente en la obtención de los resultados Nuevamente, fiel a su espíritu, el eje principal que explica por qué los neoliberales fluctúan, disminuyendo o aumentando el aparato estatal según sea el caso, es su mercantilización, es decir, su permanente interés de proteger a unos, pero no a todos. No es casualidad que la corrupción sea otro de los fenómenos que acompaña al neoliberalismo.

Los liberales, por el contrario, creemos que, sí o sí, el aparato estatal debe disminuir su tamaño y aumentar su eficacia y eficiencia y consideramos pocos serios los argumentos que defienden una institución pública, solo por el objetivo, elevado a principio divino, encomendado en su ley, independientemente de sus resultados. Un buen ejemplo, entre otros, es la enorme cantidad de instituciones que han atendido y atienden el problema de la pobreza y de recursos con que han contado y cuentan, solo para comprobar que la pobreza se ha incrementado y que, después de treinta años, aún ni niquiera sepamos quienes son esos pobres, a pesar que de una frontera a otra, no duramos más que unas pocas horas en hacer el recorrido.

En ese caso, nuestra visión de restringuir la presencia de los aparatos estatales en la vida nacional, ni siquiera tendría que fundarse en principios. Basta la verguenza ajena para entender que la atención de la pobreza debe ser abordada de otra manera, a pesar de los especialistas y la burocracia. Tampoco compartimos el argumento que señala que las instituciones públicas no deben disminuir porque afecta el empleo público, dado que el propósito de la política pública que animó la creación de las instituciones que atienden la pobreza, fue el de resolver ese problema, no aquel. Es cierto que la reestructuración del sector público genera dificultades a las personas que son afectadas, pero ese es un problema diferente que debe enfrentarse en su propia especificidad. Es común escuchar el argumento que los libertarios carecemos de sensibilidad y propuestas referidas a "lo social". Eso es falso y, más bien, hoy hacemos un esfuerzo por abordar activamente estos temas y tomar una actitud más agresiva en la denuncia y presentación de propuestas. El caso de vivienda es un buen ejemplo. Mientras que el ministro se va a dormir una noche en un precario, el análisis de su política de vivienda, es decir, en lo que debiera estar, revela inconsistencias, falsedades y pocos resultados, es decir, la conducta neoliberal de siempre..Por otra parte, mientras que partidos, como el PAC, que tienen un discurso, afirman ellos, en favor de "lo social", cualquier cosa que eso signifque, al mismo tiempo es notoria su ausencia, al menos, en el control político de las personas, programas y resultados de las instituciones que, de paso también defienden, a pesar de sus pésimos resultados. Paradójicamente, fuímos los libertarios, es decir aquellos que, supuesta y prejuiciosamente, carecemos de sensibilidad y política social, los que hemos denunciado, recientemente, la situación vigente en el BANVHI, su ineficiencia y despilfarro.

Dado que, en términos históricos, el neoliberalismo, en Costa Rica, es hijo de los dos partidos tradicionales, puede afirmarse que la política económica de los gobiernos de liberación y unidad es una política neoliberal que, como sabemos, ha incrementado la pobreza, el dolor humano y ha terminado por dificultar las oportunidades que las personas deben contar para su desarrollo. Coincidimos con don Helio en reconocer que "existen fuerzas muy desiguales en la sociedad", pero no creemos que ese argumento puede utlizarse para justificar la intervención estatal en el mercado o para su participación, mediante instituciones, para equilibrar esa desigualdad. De inicio, a lo sumo, lo único que podría afirmarse es que, en determinadas condiciones, esa intervención y participación podría coadyuvar a ese propósito, pero no necesariamente, como lo demuestra nuestra propia historia. De hecho, dada la experiencia empírica, podría perfectamente justificarse la tesis contraria. La participación e intervención del estado profundiza las desigualdades.

domingo, 4 de febrero de 2007

A Propósito de Democracias

Ahora resulta que la democracia es buena en Venezuela, pero mala en Costa Rica. Ahora resulta que, en el Parlamento, está prohibido sumar si no es de cierta manera. Ahora resulta que la incapacidad parlamentaria se traduce en adiós a la democracia. Ahora resulta que el mesianismo olvidado resurge nuevamente con sus garras afiladas, en medio de una ingenuidad que uno no sabe si ponerse a llorar o dejar que pasen los días; a final de cuentas, al menos, uno sabe a que atenerse. Esa es la desventaja de creer que la democracia está para algo más que quitar, periódicamente, a los gobernantes. Ese es el problema de ponerle apellidos a algo que solo se le conoce como tal, democracia, que no es sino el mecanismo menos malo que los seres humanos hemos encontrado, para garantizar que quienes nos gobiernan no se petrifiquen en el poder, para que no nos petrifiquen a nosotros, a usted y a mi.

Entre quienes confunden lo inconfundible, hay unos vivillos. Son nuestros “intelectuales progresistas”. Casi ninguno de ellos ha dejado de estirar la mano de los “políticos” y han pertenecido a los círculos de influencia del poder, cuando no, directamente, han ejercido cargos públicos, en nombre de esos “políticos”. Y ahora resulta que son “críticos” de las sumas y restas del escenario político. Con ellos, en medio de su propia ignorancia, llena de doctorados y articulitos de revistas, no cabe hacer nada, salvo desnudarlos en su hipocresía.

Hay también quienes se consideran responsables por el mundo. Cargan en sus hombros el fardo de la humanidad. Se consideran salvadores; herederos de una extirpe redentora. Desde su divinidad proclaman la verdad y la falsedad. Lo correcto de lo incorrecto. Lo justo, lo injusto. No son dioses, es cierto, pero se miran al espejo como tales. Su punto de partida es la filosofía de la historia, tan engañosa como peligrosa. Peligrosa, porque creyendo que salvan a la humanidad, terminan con unos y otros, todo sea en nombre de los unos y los otros.

Y, por supuesto, están los ingenuos, peligrosamente inconcientes de sus propias contradicciones, como el Partido Acción Ciudadana, líder y fracción legislativa incluidos. El primero acude, nuevamente, a Estados Unidos. Y ya que, desde hace mucho tiempo, de otra visita suya, se sabía que el TLC no podía renegociarse, ahora nos trae una buena nueva: Estados Unidos no nos quitará los beneficios derivados de la Iniciativa del Caribe, si no aprobamos el TLC. Y sus acólitos celebran ¿Celebrar qué? ¿Qué nuestra política comercial seguirá dependiendo de amigos, de unos y otros, en Washington, si no aprobamos el Tratado? ¿Y si los amigos cambian de opinión? ¿Y cuándo mueran los amigos?

Pero que importa abandonar el debate serio si, a final de cuentas el interés era otro; ocupar la primera plana de los medios ayudando, conciente o no, en el desarrollo de una estrategia peligrosa que solo algunos pocos la saben e implementan. La visita de Ottón Solís no cambia en nada el debate sobre el contenido del TLC, excepto que refuerza la necesidad de ratificarlo. Pero no basta aparentar seriedad, hay que serlo.

Se sabe que los libertarios utilizamos todos los procedimientos legales a favor o en contra de nuestras tesis. Nunca pretendemos, ni aspiramos, ni siquiera se nos ocurre, ir más allá de esos procedimientos. A veces ganamos, a veces perdemos. Se nos conoce por nuestro conocimiento y disciplina en el uso de los procedimientos legislativos. La lucha de la fracción anterior contra el incremento de los impuestos así lo demuestra. De paso, transcurren los años y la historia nos ha terminado de dar la razón sobre este tema y no vemos por ningún lado a nuestros viejos críticos; mejor así: calladitos, enfrentados con sus propias mentiras.

Somos firmes y consecuentes en nuestras posiciones y firmes y consecuentes en el uso de los procedimientos legislativos. Nada parecido a lo que se constata diariamente en la gestión de la fracción legislativa del PAC ¿Si es cierto que se oponen al TLC, por qué entonces no han utilizado el reglamento legislativo como correspondería? ¿Por qué ese gallo-gallina, confuso y peligroso de utilizar a medias los procedimientos parlamentarios?

En cualquier caso, si la inoperancia e incapacidad llegara hasta ahí, no habría problema alguno. El inconveniente es que, al mismo tiempo, en medio de sus propios gatuperios legislativos, salen a la calle y terminan sumando con algunos de no muy buenas intenciones. Debilidad y confusión en la estrategia; virginidad y castidad en la política de quienes se espera una mayor responsabilidad parlamentaria y bajo nivel en la asesoría legislativa, entre otros, pueden terminar por explicarlo todo.

Si realmente se cree en ésta, la democracia, la menos mala de todas las formas de gobierno, entonces asumamos las consecuencias de los juegos que le son propios. A veces se pierde; a veces se gana. Sin mayor tragedia que el trago amargo de saberse minoría en febrero del 2007, cuando en febrero del 2006, se autoproclamaban mayoría.