domingo, 4 de febrero de 2007

A Propósito de Democracias

Ahora resulta que la democracia es buena en Venezuela, pero mala en Costa Rica. Ahora resulta que, en el Parlamento, está prohibido sumar si no es de cierta manera. Ahora resulta que la incapacidad parlamentaria se traduce en adiós a la democracia. Ahora resulta que el mesianismo olvidado resurge nuevamente con sus garras afiladas, en medio de una ingenuidad que uno no sabe si ponerse a llorar o dejar que pasen los días; a final de cuentas, al menos, uno sabe a que atenerse. Esa es la desventaja de creer que la democracia está para algo más que quitar, periódicamente, a los gobernantes. Ese es el problema de ponerle apellidos a algo que solo se le conoce como tal, democracia, que no es sino el mecanismo menos malo que los seres humanos hemos encontrado, para garantizar que quienes nos gobiernan no se petrifiquen en el poder, para que no nos petrifiquen a nosotros, a usted y a mi.

Entre quienes confunden lo inconfundible, hay unos vivillos. Son nuestros “intelectuales progresistas”. Casi ninguno de ellos ha dejado de estirar la mano de los “políticos” y han pertenecido a los círculos de influencia del poder, cuando no, directamente, han ejercido cargos públicos, en nombre de esos “políticos”. Y ahora resulta que son “críticos” de las sumas y restas del escenario político. Con ellos, en medio de su propia ignorancia, llena de doctorados y articulitos de revistas, no cabe hacer nada, salvo desnudarlos en su hipocresía.

Hay también quienes se consideran responsables por el mundo. Cargan en sus hombros el fardo de la humanidad. Se consideran salvadores; herederos de una extirpe redentora. Desde su divinidad proclaman la verdad y la falsedad. Lo correcto de lo incorrecto. Lo justo, lo injusto. No son dioses, es cierto, pero se miran al espejo como tales. Su punto de partida es la filosofía de la historia, tan engañosa como peligrosa. Peligrosa, porque creyendo que salvan a la humanidad, terminan con unos y otros, todo sea en nombre de los unos y los otros.

Y, por supuesto, están los ingenuos, peligrosamente inconcientes de sus propias contradicciones, como el Partido Acción Ciudadana, líder y fracción legislativa incluidos. El primero acude, nuevamente, a Estados Unidos. Y ya que, desde hace mucho tiempo, de otra visita suya, se sabía que el TLC no podía renegociarse, ahora nos trae una buena nueva: Estados Unidos no nos quitará los beneficios derivados de la Iniciativa del Caribe, si no aprobamos el TLC. Y sus acólitos celebran ¿Celebrar qué? ¿Qué nuestra política comercial seguirá dependiendo de amigos, de unos y otros, en Washington, si no aprobamos el Tratado? ¿Y si los amigos cambian de opinión? ¿Y cuándo mueran los amigos?

Pero que importa abandonar el debate serio si, a final de cuentas el interés era otro; ocupar la primera plana de los medios ayudando, conciente o no, en el desarrollo de una estrategia peligrosa que solo algunos pocos la saben e implementan. La visita de Ottón Solís no cambia en nada el debate sobre el contenido del TLC, excepto que refuerza la necesidad de ratificarlo. Pero no basta aparentar seriedad, hay que serlo.

Se sabe que los libertarios utilizamos todos los procedimientos legales a favor o en contra de nuestras tesis. Nunca pretendemos, ni aspiramos, ni siquiera se nos ocurre, ir más allá de esos procedimientos. A veces ganamos, a veces perdemos. Se nos conoce por nuestro conocimiento y disciplina en el uso de los procedimientos legislativos. La lucha de la fracción anterior contra el incremento de los impuestos así lo demuestra. De paso, transcurren los años y la historia nos ha terminado de dar la razón sobre este tema y no vemos por ningún lado a nuestros viejos críticos; mejor así: calladitos, enfrentados con sus propias mentiras.

Somos firmes y consecuentes en nuestras posiciones y firmes y consecuentes en el uso de los procedimientos legislativos. Nada parecido a lo que se constata diariamente en la gestión de la fracción legislativa del PAC ¿Si es cierto que se oponen al TLC, por qué entonces no han utilizado el reglamento legislativo como correspondería? ¿Por qué ese gallo-gallina, confuso y peligroso de utilizar a medias los procedimientos parlamentarios?

En cualquier caso, si la inoperancia e incapacidad llegara hasta ahí, no habría problema alguno. El inconveniente es que, al mismo tiempo, en medio de sus propios gatuperios legislativos, salen a la calle y terminan sumando con algunos de no muy buenas intenciones. Debilidad y confusión en la estrategia; virginidad y castidad en la política de quienes se espera una mayor responsabilidad parlamentaria y bajo nivel en la asesoría legislativa, entre otros, pueden terminar por explicarlo todo.

Si realmente se cree en ésta, la democracia, la menos mala de todas las formas de gobierno, entonces asumamos las consecuencias de los juegos que le son propios. A veces se pierde; a veces se gana. Sin mayor tragedia que el trago amargo de saberse minoría en febrero del 2007, cuando en febrero del 2006, se autoproclamaban mayoría.

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